El Hammam

Mirando el techo conté ciento diez agujeros. Tuve que volver a empezar porque no era fácil mantener el orden en el conteo, los agujeros no tenían un orden específico, al menos a primera vista. Estaba acostado sobre una plancha de mármol sintiendo el sudor brotar por cada uno de mis poros y el vapor le daba un aire místico al lygar. A mi lado había varios hombres de distintas nacionalidades que esperaban lo mismo que yo, que alguien viniera a decirles que estaba listo para bañarlos. Estoy en Çemberittas, un hammam en Estambul que ha visto innumerables cuerpos a lo largo de su historia. Si Hernán Cortés no hubiera estado en México matando indígenas quizá podría haber venido a la inauguración y remojar sus barbas en esta agua. La apertura de estos baños fue en 1584. Justamente intentaba hacer un cálculo mental de la cantidad de cuerpos que habrán estado acostados sobre esta plancha cuando el hombre se presentó, sonriente, diciendo: “my name is Omar” mientras me jalaba del brazo y comenzaba a restregarme con el pequeño trapo que me habían dado a la entrada.

Los cuerpos para esos hombres son un mero instrumento de trabajo, los manipulan con simplicidad y destreza, con eficiencia y desparpajo, como si fueran lavadores de autos, o estuvieran encerando una escultura. El proceso es siempre el mismo, uno entra al hammam donde se concentra el vapor, después viene uno de estos señores y, literalmente, te baña primero poniéndote una cantidad de espuma incomprensible para el tamaño de la barrita de jabón que la genera, después  te restriega completo y finalmente te tira agua fría. Y cuando uno sale de ahí, limpio, renovado, absolutamente suavizado –y un tanto magullado– la piel parece la de un bebé. Y uno se sienta en la sala, purificado, a beber un jugo de naranja con granada. Y es como volver a nacer.

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En moto por San Andrés.

Yo no sé nada de cangrejos, ni siquiera los como, por ello cuando vi sus ojos brillando en la oscuridad y su imposible tamaño cruzando la carretera me pareció estar viendo una visión del destino y no un crustáceo con espíritu suicida. Yo volvía del centro –que es en realidad el norte, donde todo sucede–  a mi tranquilo lugar en el sur de la isla. Había alquilado una moto y transitaba por la carretera sintiendo la sal y el viento en la cara cuando ese tremendo cangrejo apareció frente a mi. Pude esquivarlo y me pareció que me guiñaba uno de esos dos ojos que le sobresalían de esa tremenda cabeza-cuerpo. Todo puede pasar en la tierra que dio al mundo el realismo mágico. Estoy en San Andrés, una isla caribeña, políticamente disputada entre Colombia y Nicaragua pero que es parte de un universo más cercano a Jamaica o Bermudas. Con una población mayoritariamente descendiente de africanos, pero con muchos apellidos escoceses y españoles, este pequeño paraíso para los buzos fue mi regalo por una semana de arduo trabajo en Medellín. Siguiendo por la misma carretera crucé uno de los tantos “estaderos” que hay en el camino, básicamente una tienda donde se vende alcohol y que por las noches se convierte en restaurante, bar, discoteca o lo que la imaginación pueda permitir con la música a todo volumen y el exceso etílico. Un grupo de unas doscientas personas bailaba frenética y sexualmente en medio de la carretera al ritmo de una música que no pude definir pero que sonaba peligrosamente parecida al reaggaeton (con unos bajos mucho más sólidos y potentes). Por un momento, con mi moto, me pareció estar transitando un sueño en el que una orgía me abría paso entre sudores y manos. Un aquelarre tropical de brujas negras y dioses paganos.

Más adelante encontré el cementerio de San Luís, donde las tumbas casi se juntan con la playa y donde el descanso eterno requiere bloqueador solar. Si uno tiene que ser enterrado qué mejor que con vista al mar. En lugar de cruzar por un atajo seguí hasta la punta sur de la isla, cerca de donde está el “hoyo soplador”, una formación rocosa que, cuando hay olas, expulsa el agua de mar como si fuera un geiser. En la punta sur de la isla está un barcito regenteado por un rastafarian que hizo, con troncos, una especie de echaderos rústicos. Me bajé de la moto, no había nadie más en la playa, miré la luna reflejada en el mar y por un momento me sentí feliz.

Un país con un nombre de un rio (algunas notas sobre Uruguay)

Para Roberto, Gaby, Ceci y Laura, todos uruguayos que es un placer conocer.

Hay un recuerdo que tengo de pequeño, los viernes por la tarde mis padres solían poner música y leer en el salón de casa. Mi educación musical comenzó en aquellas tardes. Un día, mi padre puso un disco en el que aparecía el dibujo de mano sobre el diapasón de una guitarra, me llamó mucho la atención la imagen y me quedé leyendo los nombres de las canciones mientras el disco comenzaba a girar y una voz profunda y voluminosa salía de las bocinas. Así conocí a Alfredo Zitarrosa y, si mal no recuerdo, la primera canción que escuché fue Stephanie. Mientras llegaba a Montevideo, recordaba ese primer encuentro con Uruguay, al cruzar precísamente el puente Zitarrosa.

Llegué en el “Patricia Olivia” una mañana brumosa en la que por primera vez crucé el Rio de la Plata, un rio con pretensiones de mar.

Uruguay huele a asado, es así, da igual la calle, el barrio, la zona, siempre hay un rastro de asado flotando en el aire, y yo, que soy vegetariano, me sentí tentado a claudicar en más de una ocasión. Por fortuna, al visitar el mercado de la parte vieja de Montevideo, acababa de comer, de otra forma me hubiera lanzado como un Nanahuatzin cualquiera para obtener un bife de esos inmensos. Tan es así que Uruguay (con)vive con el asado que en los contenedores de basura hay una etiqueta que dice: “prohibido tirar brasas”.

Sería injusto decir que Montevideo me recordó a otras ciudades, Montevideo es varias ciudades en una, la parte vieja: portuaria, decadente y nostálgica; Pocitos, la zona nueva que mira al futuro de frente al mar. Varias ciudades cohabitan la ciudad, la de los inmigrantes, la de los futboleros (me declaro bolsón por solidaridad con Roberto), la de los turistas extraviados, la de los tangueros angustiados, la del candombe y la milonga, la del mate, siempre la del mate.

Montevideo tiene una rambla, equivalente a los malecones mexicanos, inmensa, casi podría recorrerse desde el Rio de la Plata hasta Brasil por ella, hacerla en bicicleta fue una delicia. Al final del recorrido, acabé en el cementerio de Buceo, en silencio frente a una tumba, de esas que parecen ventanas de un edificio, con el número nueve y la inscripción IMM, la tumba de Benedetti. El silencio me invadió y no pude ni siquiera dejar una nota. Tantas palabras que él me dio y yo no pude regresarle ninguna.

Una noche especial, tomando uvita en el Bar Fun Fun y con la compañía perfecta, entendí por qué los uruguayos reclaman a Gardel como suyo, al tango como propio: “nostalgia”, “griselle”, “Naranjo en flor”, “balada para un loco”, “vals para una madre” fueron alternándose entre Patricia y Patricia, entre pizzeta y pizzeta. Al final, todos acabamos medio brasileños.

Y Colonia, siempre la pequeña y linda Colonia, puebito como tantos que hay, que a pesar del turismo y la explotación comercial, siguen guardando alguna sorpresa en forma de Bugambilia, de auto abandonado o de vista de mar, de rio de mar.

En el barco de regreso, venía escuchando en mi cabeza a Drexler, por fin, después de haber estado cerca hace algunos años, crucé el Rio de la Plata, para conocer un país con un nombre de un rio

“Postales” de dos argentas en tierra de nicas

Dado que hace mucho que no viajo. He abierto el blog para que amigos y amigas viajeros cuenten sus experiencias.

Inicio la sección “invitados” con unas postales recién llegadas de Centroamérica. Carolina, una argentina viajera, nos cuenta sobre su experiencia en Nicaragua junto con una amiga. Disfrutemos y viajemos, aunque sólo sea con la imaginación.

Latinoamericanas

El calor era agobiante en Managua y decidimos descansar un rato en la laguna del Parque Histórico Nacional Loma de Tiscapa cuando conocimos a Pedro, empleado del Ministerio de Medioambiente del parque y nos quedamos hablando de todo un poco. Rápidamente, claro, surgió hablar del Che, era un tema fijo para dos argentinas de paseo por Nicaragua. De pronto Pedro nos ofrece  llevarnos a conocer la plaza del Che en Managua. Fuimos caminando y escuchando sus anécdotas, (tan interesantes como para hacernos olvidar que el calor nos estaba friendo los sesos. Cuando nos cruzamos con dos columnas de jóvenes con banderas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que marchaban hacia un acto proselitista, e iban hablando, cantando, nos saludaban mientras pasábamos. “Esa es nuestra juventud” nos dijo el viejo Pedro, orgulloso. Continuar leyendo

Sólo dos días en Sarajevo

Pasé unos días en Dubrovnik, algo así como el Acapulco de Croacia, una linda ciudad infestada de turistas (incluidos el amigo que me invitó y yo). La ciudad dentro de la muralla es preciosa pero está llena de lugares para comprar souvenirs y sitios caros para comer. Un buen lugar para pasar unos días, que hasta resulta romántico, pero que no deja huella en los viajeros poco acostumbrados a ser y hacer de turistas. Lo interesante vino después, cuando decidimos coger un autobús y viajar cinco horas para conocer Sarajevo.
El camino es uno de los más bellos que haya hecho por carretera, va bordeando las montañas y corre paralelo a uno de los afluentes del río Sava que se adentra en el Adriático. Justo cuando la línea entre lo que es mar y lo que es río comienza a desdibujarse, pueden verse líneas y líneas de cultivos de ostras, formando múltiples heridas del desarrollo en la piel del agua.
Cruzar fronteras recientes, países nuevos, siempre resulta un buen recordatorio de la fragilidad de nuestra existencia “balcánica”. Casi llegando a Sarajevo comienzan a verse los cementerios. Uno me llamó la atención, entre dos invernaderos que producían verduras y legumbres, había un cementerio. Llevando la idea de los ciclos de la vida hasta el paroxismo más irónico. Sarajevo es, a pesar de su energía vibrante y su vida, una ciudad de cementerios, hay casi uno por barrio, para que los vecinos no tengan miedo de descansar lejos de los suyos, de los que quedaron. Para que los que quedaron sientan que los suyos no se han ido.
La destrucción-reconstrucción es parte del panorama de la ciudad y las grúas se alían con las demoledoras para ocultar la historia reciente. De esa manera, pueden verse escenas que rompen cualquier lógica y que hablan de la decisión de las personas, la decisión de vivir. Por ejemplo, cerca de la estación de autobuses, vi a un par de chicos, vestidos a la última moda deportiva, en un blanco impoluto, jugando tenis debajo de los restos de un edificio derruido. Los agujeros de bala y metralla son la marca de la memoria en casi todos los edificios, al menos los que se mantienen en pie. Los pequeños orificios que nos cuentan la historia, que solemos leer en libros, en metal, odio y sangre.
Por las calles se pueden ver gitanos que poco recuerdan a los de kusturica; no son ni tan entrañables ni tan felices. Lo que más llama la atención de Sarajevo es la multiculturalidad real y el delicado balance que parece permear a la sociedad. Campanas y minaretes llaman a misa y a la oración en un perfecto diálogo, una perfecta metáfora sonora de lo que sucede por las calles. En el barrio del centro conviven “zocos” que recuerdan a Turquía con bares y restaurantes como los que se pueden ver en cualquier capital europea. El alcohol y el té conviven como grandes complementos y la comida representa una fusión por demás interesante. Un capítulo aparte merece la vida nocturna. Estuvimos un buen rato en un lugar llamado Cheers escuchando a un muy buen grupo de rock haciendo covers. El guitarrista líder del grupo era una celebridad local, se notaba que el grupo tocaba para él, el bajista mientras tanto, miraba a la guapa cantante con ojos de amor, sonriéndole tiernamente. El tecladista se metía en su papel y el otro guitarrista se preocupaba tanto por los acordes como por las cervezas. La gente (el lugar estaba lleno) parecía sacada directamente de los 90s y era como si quisieran recuperar el tiempo perdido.
Estuve apenas un par de días, pero tengo que volver, ver menos cementerios y más vida. Me quedé fascinado con esta ciudad que ha sobrevivido a su propia historia.

Breves notas sobre un regreso a Colombia

Hay una canción, del grupo Choc Quib Town, que dice: “De donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos. Vengo yo. De tanto luchar siempre con la nuestra nos salimos” que podría resumir bien la situación en América Latina. Acabo de regresar de Colombia que, en mi imaginario personal, siempre ha sido como un paraíso al cual regresar, un Macondo, una tierra chévere. Esta es la tercera vez que estoy por allá y tengo una resaca de sensaciones (guayabo dirían por allá) que ni siquiera puedo articular. La energía de nuestros países es difícilmente comparable o narrable.
Desde que estaba en la sala para abordar el avión de Avianca ya se apreciaba la picaresca con una fila de maletas representando a las personas que estaban cómodamente sentadas, Latour habría estado orgulloso del espectáculo hasta que, por supuesto, comenzaron los problemas y roces debidos en parte a las 3 horas de retraso que tenía el vuelo. La agencia siempre parece caer del lado humano.
La llegada a un país latinoamericano siempre representa un enfentamiento directo con el caos donde, mágicamente, todo es posible en su imposibilidad. El nihilismo en el tránsito resulta un ejemplo paradigmático. Cualquier punto de la calle se convierte en una parada de autobús sólo por el hecho de tener a alguien esperándolo. Las líneas y avisos de tráfico parecen más una invitación al barroquismo en la circulación que una forma de aportar una sintaxis y un orden. Llegué apenas un par de días después de Halloween y ya comenzaban los preparativos para la navidad. Se concatenan fiestas para nunca vivir en la triste y dura rutina diaria. Vi un par de calaveras y arreglos en un conjunto habitacional de clase alta. Con sus cercas valladas y electrificadas, sus porteros sus cámaras de seguridad, formaban un triste diálogo de miedos imaginados pero presentes.
Mi Macondo, mi Medallo, la ciudad en la que he pasado más tiempo, no me reconoció y quizá yo tampoco la reconocí a ella. Las ciudades, como las personas, nunca son las mismas y aunque queramos imponer el recuerdo sobre la realidad, reclamarles que sus rincones tienen que ser iguales a los que soñamos, los cielos los mismos y las situaciones vividas fieles reproducciones de los recuerdos, nunca es así, ni las ciudades son las mismas, ni las personas son las mismas, ni yo soy el mismo.
Aun así, a pesar de las conducciones irresponsables, a pesar de ver la vida perdida que se convertía en un espectáculo improvisado para los aburridos y cansados usuarios del transporte público en medio de un trafico espeluznante,  aunque la contaminación estuviera masacrando pulmones, las personas sonreían, ofrecían un tintico, un juguito, una arepita. Hay tantas cosas que podría escribir de Colombia, esa tierra que ve en México el espejo de su pasado, con pena, con pesadumbrez, con solidaridad. Mi ánimo está gris como el cielo de Bogotá pero, como la ciudad, quizá algún día adquiera el color de sus frutas, de sus casas, de sus sonrisas. Ya se sabe, de donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos….