La plaza Djemaa el Fna podría ser una de las más comunes y corrientes del mundo. Su arquitectura no es especialmente bonita y, si se le viera desierta, podría decirse casi sin consideración que es bastante fea; pero la plaza Djema El Fna no está vacía nunca y es simplemente maravillosa.
Pocos lugares conozco que tengan tanta vida, que reten tanto al espíritu y que sean capaces de cortar la respiración con su inagotable riqueza de sentidos. De los encantadores de serpientes a los saltimbanquis, de las mujeres que, armadas de jeringas con henna persiguen a otras mujeres para dibujarles con precisión quirúrgica figuras que hacen pensar en Sherezadas. Desde sus sus decenas de pequeñas carretas reconvertidas en fuentes constantes de jugo de naranja y toronja hasta sus catálogos completos de frutos secos. Con sus puestos nocturnos que iluminan la noche y cuyo olor, a especias y a carne, parece llegar al otro lado del Sahara. Una plaza llena de gente, de vida de gente, de gente con vida.







