Agosto 29, 2009
La bondad de los extraños
Estoy leyendo el libro The Kindness of Strangers, editado por Lonely Planet (no confundir con otro libro del mismo nombre sobre Nueva Orleans y el desasrte del Katrina). Debo reconocerme fiel usuario de sus guías de viaje. Sin embargo, también editan otros libros que, a veces, resultan interesantes. Este me llamó la atención porque son pequeñas historias de viaje en las que una, o varias, personas, todas desconocidas, “ayudan” al viajero o viajera. ¿Cómo? En cosas tan pequeñas pero importantes como mostrarle el camino de regreso al campamento a una de ellas después de perderse en el desierto o llevarle un plato de sopa a otra que estaba enferma.
Yo tengo alguna de esas historias pero, quizá la que más recuerdo, por la rareza y verdadera generosidad desinteresada, es aquella en Andalucía. Regresábamos de Marruecos, habíamos estado viajando un par de semanas con apenas dinero y cruzábamos de regreso el estrecho (cruce que, por sí solo, merece otro post). Al intentar sacar dinero del banco nos dimos cuenta que habíamos gastado más de lo que pensábamos y que no nos alcanzaba para los boletos de autobús, de Algeciras a Barcelona. Llegamos a la estación de autobuses y un señor, simpático y con el acento “andalú” más marcado que haya escuchado jamás, nos atendió amablemente. Le explicamos la situación y le pedimos dos billetes hasta donde nos alcanzara. Nos miró con una mezcla de ternura y admiración y nos dijo: “miren, les venderé dos billetes hasta Barcelona a precio de personas mayores, así que, si les preguntan, tienen más de 60 años”. Nos miramos sorprendidos y, agradeciéndole efusivamente, bromeamos sobre nuestra nueva edad. Cuando nos dio los boletos dijo: “un momento ¿qué van a comer?”. El viaje era más o menos de unas 15 horas y bien es cierto que algo de comida no nos sobraría. “No se preocupe, haremos dieta” respondimos, siguiendo el tono jocoso. “Esperen aquí un momento” dijo, y salió del mostrador y de la taquilla. Era un hombre bajito, con una barriga que combinaba muy bien con su sonrisa. Nos miramos extrañados preguntándonos qué pasaría a continuación. El hombre regresó con dos bocadillos gigantes y dos refrescos en lata: “tomen, para que coman algo”. No sólo nos rebajó los boletos arriesgándose a una reprimenda, nos compró comida de su propio bolsillo y, por si fuera poco, nos llevó hasta la puerta del autobús para asegurarse que el conductor, al ver nuestros billetes, nos dejara subir. Casi abrazamos al buen hombre, al despedirnos, le dijimos que le enviaríamos una postal desde Barcelona “¿cómo se llama usted?”, le preguntamos. “Sanjuán” nos respondió y, pensándolo, le quedaba tan bien el apellido como la barriga y la sonrisa. Llegando a Barcelona, le enviamos una postal agradeciéndole haber terminado nuestro viaje con esa anécdota.
Agosto 24, 2009
Djemaa el Fna
La plaza Djemaa el Fna podría ser una de las más comunes y corrientes del mundo. Su arquitectura no es especialmente bonita y, si se le viera desierta, podría decirse casi sin consideración que es bastante fea; pero la plaza Djema El Fna no está vacía nunca y es simplemente maravillosa.
Pocos lugares conozco que tengan tanta vida, que reten tanto al espíritu y que sean capaces de cortar la respiración con su inagotable riqueza de sentidos. De los encantadores de serpientes a los saltimbanquis, de las mujeres que, armadas de jeringas con henna persiguen a otras mujeres para dibujarles con precisión quirúrgica figuras que hacen pensar en Sherezadas. Desde sus sus decenas de pequeñas carretas reconvertidas en fuentes constantes de jugo de naranja y toronja hasta sus catálogos completos de frutos secos. Con sus puestos nocturnos que iluminan la noche y cuyo olor, a especias y a carne, parece llegar al otro lado del Sahara. Una plaza llena de gente, de vida de gente, de gente con vida.
Noviembre 25, 2007
Un café a media tarde
Es curioso como, cuando se viaja, se generan pequeñas rutinas hedonísticas. Una que comparto con mucha gente con la que he viajado es la de tomar algo a media tarde, cuando el cansancio de una mañana de caminatas y la soloñencia de una comida típica te invitan simplemente a relajarte de la mano de un café, un té, una cerveza o alguna bebida de procedencia extraña. Muchas veces uno cae, por cansancio, por hastío (o por mal tiempo) en muchos lugares que en el mejor de los casos se olvidan apenas pagar la cuenta y cruzar la puerta de salida. Sin embargo, hay algunos rincones que hacen que una tarde de turismo se convierta en una celebración de los sentidoso la vida. Por el mar de mis olvidos naufragan sobrevivientes imágenes de algunos de esos lugares (restos de tantas tardes que tendrían que ser inolvidables). Cierro los ojos y veo el atardecer del Sunset Café en Panajachel Guatemala, en donde una Gallo se impregnó de los últimos rayos de un sol majestuoso. Casi creo sentir de nuevo el sabor de la tranqulidad en aquellas cafeterías llenas de estudiantes, música y discusiones de todo tipo. Y mientras pienso esto, lo hago sentado en un cómodo sillón, tomando un te con leche y viendo cómo la lluvia cae en un mundo que me sigue maravillando.
Octubre 26, 2007
Septiembre 24, 2007
Septiembre 10, 2007
Yo me bajo en Atocha
Extrañaré esta ciudad, extrañaré sus barrios; Malasaña, Lavapiés y la Latina, a sus chinos y sus tiendas; el insoportable calor de verano y el insalvable frío de invierno; sus bocadillos de calamar bañados en minis de sidra, su paella y su gazpacho; su alcoholización ontológica, su tapeo filosófico y su marcha epistemológica. Extrañaré esos rincones llenos de sorpresas: El Kabokla y su comunidad brasileña, el Aires de Minho y el fútbol mojado en cañas y pimientos del padrón; las bodegas Rivas y el buen vino; el casi invicto irlandés de tribunal, con las pintas perfectas de Helen y el gol de México que nunca llegó. La Vía Láctea y su fabuloso primer piso sin humo; los falafels con picante y queso; la plaza de los cubos y sus cines en su idioma original; el autobús A. Extrañaré sus coronas, valentinas y tequilas consulares; su paseo de recoletos; sus baños que ponen McDonald´s en la puerta, siempre dispuestos para las necesidades más imperiosas; Somosaguas con su arquitectura carcelaria y sus pintas asquerosas, pero con su calidez anarquista; el metro y las eternas obras gallardonescas; sus primeros rayos de sol en primavera y los escotes que florecen con ellos. Su próxima estación esperanza, su Plaza Mayor y muchas cosas más. Pero sobre todo los compas de por aquí que han sido mi familia en el “exilio” académico-sudaca. Y ya lo dijo Sabina, siempre habrá un tren que desemboque en Madrid.
Agosto 31, 2007
Las universidades como destino turístico
Debo reconocer que, así como hay personas que, cuando viajan, gustan de visitar sitios como los cementerios (en algunas ciudades, por ejemplo en París, incluso hay tours en los cementerios de Montparnasse y Pere Lachaise, este último, hasta visita virtual propone), otras personas hacen rutas de bares, iglesias o de lugares para comprar. En mi caso sin embargo, siento una especial atracción por las universidades. En ellas se puede comer a precios asequibles (y siempre será preferible a un McDonalds, que por cierto resultan muy útiles cuando se necesita un servicio, excepto en Moscú, ya contaré en algún momento por qué). En las universidades siempre habrá un rincón donde sentarse o tumbarse a leer, escribir, ver pasar a las personas o hasta tomarse una siesta. Ese asunto del “ambiente universitario” habla mucho de la ciudad donde se está y es algo que, al menos yo, aprecio casi con devoción (mezclada con una dosis de fetichismo claro está). En la Universidad de Varsovia un día me metí a una clase y tuve que quedarme una hora entera sin entender una sola palabra de lo que se decía (pero en un aula que hizo que valiera la pena la incomunicación). En otra ocasión tuve la oportunidad de pasar una semana en un pequeño estudio del Latin Quartier que estaba justamente enfrente a la Sorbona y los fantasmas de tantos franceses que admiro me acompañaron en algunos paseos por ahí. Durante algún tiempo me dediqué a coleccionar camisetas de universidades (como quien colecciona camisetas del Hard Rock) y siempre será grato pasarse por una biblioteca universitaria.
La foto: Estatua en la Queen’s University en Belfast.
Abril 11, 2007
Recuerdo de Perú
La isla de los Uros es sin duda una de los lugares más especiales que se puedan imaginar. No sólo porque estas islas flotantes siguen siendo el hogar de los Uros, sino que muchas de sus costumbres, aunque pasadas por el tamiz de los turistas, son tan vistosas y fotográficas que uno no puede resistir la tentación, como este nenito que comía, no un plátano como se podría pensar, sino una raíz de totora que es la “planta” de la que están hechas las islas. A más de 4000 metros sobre el nivel del mar, una isla artificial en un lago hermoso, es toda una experiencia y, aunque compartida con Bolivia, pertenece a Perú.











