Estoy leyendo el libro The Kindness of Strangers, editado por Lonely Planet (no confundir con otro libro del mismo nombre sobre Nueva Orleans y el desasrte del Katrina). Debo reconocerme fiel usuario de sus guías de viaje. Sin embargo, también editan otros libros que, a veces, resultan interesantes. Este me llamó la atención porque son pequeñas historias de viaje en las que una, o varias, personas, todas desconocidas, “ayudan” al viajero o viajera. ¿Cómo? En cosas tan pequeñas pero importantes como mostrarle el camino de regreso al campamento a una de ellas después de perderse en el desierto o llevarle un plato de sopa a otra que estaba enferma.
Yo tengo alguna de esas historias pero, quizá la que más recuerdo, por la rareza y verdadera generosidad desinteresada, es aquella en Andalucía. Regresábamos de Marruecos, habíamos estado viajando un par de semanas con apenas dinero y cruzábamos de regreso el estrecho (cruce que, por sí solo, merece otro post). Al intentar sacar dinero del banco nos dimos cuenta que habíamos gastado más de lo que pensábamos y que no nos alcanzaba para los boletos de autobús, de Algeciras a Barcelona. Llegamos a la estación de autobuses y un señor, simpático y con el acento “andalú” más marcado que haya escuchado jamás, nos atendió amablemente. Le explicamos la situación y le pedimos dos billetes hasta donde nos alcanzara. Nos miró con una mezcla de ternura y admiración y nos dijo: “miren, les venderé dos billetes hasta Barcelona a precio de personas mayores, así que, si les preguntan, tienen más de 60 años”. Nos miramos sorprendidos y, agradeciéndole efusivamente, bromeamos sobre nuestra nueva edad. Cuando nos dio los boletos dijo: “un momento ¿qué van a comer?”. El viaje era más o menos de unas 15 horas y bien es cierto que algo de comida no nos sobraría. “No se preocupe, haremos dieta” respondimos, siguiendo el tono jocoso. “Esperen aquí un momento” dijo, y salió del mostrador y de la taquilla. Era un hombre bajito, con una barriga que combinaba muy bien con su sonrisa. Nos miramos extrañados preguntándonos qué pasaría a continuación. El hombre regresó con dos bocadillos gigantes y dos refrescos en lata: “tomen, para que coman algo”. No sólo nos rebajó los boletos arriesgándose a una reprimenda, nos compró comida de su propio bolsillo y, por si fuera poco, nos llevó hasta la puerta del autobús para asegurarse que el conductor, al ver nuestros billetes, nos dejara subir. Casi abrazamos al buen hombre, al despedirnos, le dijimos que le enviaríamos una postal desde Barcelona “¿cómo se llama usted?”, le preguntamos. “Sanjuán” nos respondió y, pensándolo, le quedaba tan bien el apellido como la barriga y la sonrisa. Llegando a Barcelona, le enviamos una postal agradeciéndole haber terminado nuestro viaje con esa anécdota.




