Es curioso como, cuando se viaja, se generan pequeñas rutinas hedonísticas. Una que comparto con mucha gente con la que he viajado es la de tomar algo a media tarde, cuando el cansancio de una mañana de caminatas y la soloñencia de una comida típica te invitan simplemente a relajarte de la mano de un café, un té, una cerveza o alguna bebida de procedencia extraña. Muchas veces uno cae, por cansancio, por hastío (o por mal tiempo) en muchos lugares que en el mejor de los casos se olvidan apenas pagar la cuenta y cruzar la puerta de salida. Sin embargo, hay algunos rincones que hacen que una tarde de turismo se convierta en una celebración de los sentidoso la vida. Por el mar de mis olvidos naufragan sobrevivientes imágenes de algunos de esos lugares (restos de tantas tardes que tendrían que ser inolvidables). Cierro los ojos y veo el atardecer del Sunset Café en Panajachel Guatemala, en donde una Gallo se impregnó de los últimos rayos de un sol majestuoso. Casi creo sentir de nuevo el sabor de la tranqulidad en aquellas cafeterías llenas de estudiantes, música y discusiones de todo tipo. Y mientras pienso esto, lo hago sentado en un cómodo sillón, tomando un te con leche y viendo cómo la lluvia cae en un mundo que me sigue maravillando.




