Por la carretera

febrero 19, 2008

Orgía gastronómica en el Petit Zinc de Annecy

Archivado en: Fotos,Francia,Gastronomias — Edgar @ 8:41 pm

Comer solo puede ser una de las experiencias más tristes, melancólicas y deprimentes, pero algunas veces, sólo algunas veces, puede ser una experiencia alucinante. Llegué a Annecy por la noche después de pasar por Ginebra y un viaje en autobús de 2 horas (son sólo 38 kilómetros entre una ciudad y otra). Dejé las cosas en el hotel y salí a cenar, no había comido nada desde el desayuno y mis tripas, acostumbradas a más acción, me solicitaban ponerse a trabajar. Después de pasear por varios restaurantes cuyo romántico interior evitaría cualquier persona sola, me decidí por uno que se veía tan elegante como casero en una perfecta combinación de estilo y folklore. Ser viajero vegetariano en una zona cuya especialidad son los embutidos puede ser desastroso, lo cual, sumado al hecho de que la Fondue (la otra especialidad de la zona) sólo se servía para dos personas, hacía que la noche pintara mal. Una señora que parecía la abuelita de Heidi (si, ya sé que Heidi no tenía abuelita sino abuelito), me dio la carta y comenzó el festín. Pedí una Velouté de Légumes du marché que decidí combinar con una botella de Vin de Savoie, un Jongieux Gamay para ser más preciso. La sopa no tenía un sabor especialmente único pero una sopa ardiendo en un frío alpino, reanima a cualquiera. Mientras me ponía las botas con mi sopa, noté que a mi lado estaba sentado, solo, un clon de Sarkozy que me hizo preguntarme por qué, habiendo 50% de probabilidades, no me había tocado al lado la clon de Carla Bruni comiendo sola. Seguía con mi sopa cada vez menos caliente y más rica cuando a otro de mis colegas comensales, el de la mesa de enfrente para ser más preciso, le trajeron un pedazo de carne obsceno y jugoso el cual tenía que cortar en fragmentos humanamente comestibles y meter a nadar en un perol (que no es exageración) de queso derretido. Ver el proceso desde la mesa de enfrente era un espectáculo casi voyeourista. Al final de todo, sólo dejó un hueso en el plato, que si no se comió, fue porque no hay estómago en el mundo capaz de comer nada más después que eso (excepto el postre claro está) y la imagen hipnótica de su cara de éxtasis sólo se vio interrumpida por la llegada de mi segundo plato llamado: Petites brochettes de gambas flambées au pastis. El alambre se movía, deprovisto de cubierta que lo protegiera de las miradas lujuriosas y mostrando la desnudez de sus exquisitos camarones. La sopa que terminé hasta el fondo no era ni mucho menos pequeña así que cuando terminé de comer la gente me miraba asombrada y murmuraba cosas sobre mi, o al menos eso me parecía porque, incluso por un momento, pensé que el chico de enfrente comenzaría con una cascada de aplausos para mi actuación, que sin duda lo valía. La libertad de la soledad, crea abismos irresistibles,  y comer solo, algunas veces, puede ser una experiencia sunlime. Bon appetit.

 

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