Hay una canción, del grupo Choc Quib Town, que dice: “De donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos. Vengo yo. De tanto luchar siempre con la nuestra nos salimos” que podría resumir bien la situación en América Latina. Acabo de regresar de Colombia que, en mi imaginario personal, siempre ha sido como un paraíso al cual regresar, un Macondo, una tierra chévere. Esta es la tercera vez que estoy por allá y tengo una resaca de sensaciones (guayabo dirían por allá) que ni siquiera puedo articular. La energía de nuestros países es difícilmente comparable o narrable.
Desde que estaba en la sala para abordar el avión de Avianca ya se apreciaba la picaresca con una fila de maletas representando a las personas que estaban cómodamente sentadas, Latour habría estado orgulloso del espectáculo hasta que, por supuesto, comenzaron los problemas y roces debidos en parte a las 3 horas de retraso que tenía el vuelo. La agencia siempre parece caer del lado humano.
La llegada a un país latinoamericano siempre representa un enfentamiento directo con el caos donde, mágicamente, todo es posible en su imposibilidad. El nihilismo en el tránsito resulta un ejemplo paradigmático. Cualquier punto de la calle se convierte en una parada de autobús sólo por el hecho de tener a alguien esperándolo. Las líneas y avisos de tráfico parecen más una invitación al barroquismo en la circulación que una forma de aportar una sintaxis y un orden. Llegué apenas un par de días después de Halloween y ya comenzaban los preparativos para la navidad. Se concatenan fiestas para nunca vivir en la triste y dura rutina diaria. Vi un par de calaveras y arreglos en un conjunto habitacional de clase alta. Con sus cercas valladas y electrificadas, sus porteros sus cámaras de seguridad, formaban un triste diálogo de miedos imaginados pero presentes.
Mi Macondo, mi Medallo, la ciudad en la que he pasado más tiempo, no me reconoció y quizá yo tampoco la reconocí a ella. Las ciudades, como las personas, nunca son las mismas y aunque queramos imponer el recuerdo sobre la realidad, reclamarles que sus rincones tienen que ser iguales a los que soñamos, los cielos los mismos y las situaciones vividas fieles reproducciones de los recuerdos, nunca es así, ni las ciudades son las mismas, ni las personas son las mismas, ni yo soy el mismo.
Aun así, a pesar de las conducciones irresponsables, a pesar de ver la vida perdida que se convertía en un espectáculo improvisado para los aburridos y cansados usuarios del transporte público en medio de un trafico espeluznante, aunque la contaminación estuviera masacrando pulmones, las personas sonreían, ofrecían un tintico, un juguito, una arepita. Hay tantas cosas que podría escribir de Colombia, esa tierra que ve en México el espejo de su pasado, con pena, con pesadumbrez, con solidaridad. Mi ánimo está gris como el cielo de Bogotá pero, como la ciudad, quizá algún día adquiera el color de sus frutas, de sus casas, de sus sonrisas. Ya se sabe, de donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos….
noviembre 15, 2010
Breves notas sobre un regreso a Colombia
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