Faltan diez minutos para las seis, he estado trabajando todo el día con el nerviosismo y la sensación que se tiene en los grandes días….(flashback 1) Faltan quince minutos para las ocho y tengo quince años. Hoy, por primera vez, toco con mi grupo frente a un público, hemos ensayado todo el verano y estamos listos, con la alegría y tensión de los grandes días. Aunque el repertorio que preparamos tiene un poco de todo lo que se puede esperar de un repertorio de un grupo de quinceañeros en la provincia mexicana, una de las canciones que tocaremos, la que hemos ensayado más por haber sido la primera que montamos, es un raro himno post punk de un grupo británico que nos ha influido enormemente, a nosotros y a todos los que hacían música en esa época (y en muchas otras)….
A juzgar por la pinta de todos los que subimos Montjuic en el autobús número 50 a las seis de la tarde del lunes, el concierto de esta noche bien podría ser de Illapu o los Tigres del norte, no por las pintas sino por el color de piel y los acentos: “Disculpe, este camión para en el palacio de san jiordi?” preguntó un compatriota mientras una argentina comentaba lo emocionada que estaba a una chica peruana y una chilena sugería bajar más adelante. Eran las seis y media y parecía un lunes cualquiera a juzgar por el número de personas que rondaban el Palau de San Jordi, nada de vendedores ambulantes, nada de disfraces, nada de nada. Decidí tomar una cerveza para ambientar las neuronas y vi detenerse a un automóvil justo delante de mí. En la parte trasera estaba un chaval como de diecisiete años, vestido como debe vestirse un verdadero fan: cabello cardado, chamarra negra, ojos ensombrecidos y labios pintados, se intentaba bajar ansioso antes de que el conductor detuviera del todo el vehículo. Lo miré mientras me comía unos pistachos, era la primera señal que ahí habría una ceremonia para iniciados. Lo que más me llamó la atención no fue en si la pinta sino que de los asientos delanteros se bajaron dos personas que identifiqué sin duda como sus padres, le dijeron algo de manera cariñosa y la familia entera se dirigió emocionada a la entrada. Más de treinta años de música permiten escenas entrañables como estas.
Son las siete de la tarde y la pequeña fila comienza a moverse, seguimos siendo muy pocos y la sensación de lleno absoluto sólo se tendrá hasta la mitad del concierto, hay cosas que, después de tanto tiempo de vivir aquí, sigo sin entender de España, por ejemplo que la gente llegue tarde a los conciertos y que los boletos más cercanos al escenario sean más baratos que los que están atrás (que por otro lado me encanta).
En la carrera por llegar lo más cerca del stage, llegamos en quinto lugar, es decir, a 5 filas de escuchar al Mr. Smith casi al natural. El tiempo justo para acomodarnos, tomarnos una chela de un litro, proporcionada por otro compatriota que alegre y coquetamente gritaba: “cerveza, bier”, emulando a los famosos paquis de Barcelona. A las ocho y veinte, con puntualidad inglesa, salieron a escena los sorprendentes (y no tan bien sonorizados) 65 days of static, una especie de guiño inglés a Mars Volta y Front 242 que dejaron bien claro que esa noche no habría concesiones de ningún tipo.
“Creo que es oscuro y se parece a la lluvia”, con estas palabras comenzaban tres de las mejores horas de música que he escuchado en vivo en mi vida, así, con una “canción plana” que no lo era. Un escenario sin malabarismos, cuatro músicos sin juegos de ordenadores, once discos de experiencia, dos palabras en español y seis litros de cerveza por cantante bastaron para que dieciocho mil personas se rindieran en una especie de ceremonia religiosa a uno de los grupos más emblemáticos de toda la historia del rock. Dejaron caer, una tras otra, todas y cada una de las canciones de lo que prácticamente es un evangelio. Quizá la única que faltó en esta celebración fue “Fascination Street” pero por el sonido de The Blood, Alt. End y Play for today, no alcanzó a extrañarse. Todas las mujeres de mi alrededor dijeron cosas como: “es tan lindo”, “dios mío, es él”, “me lo quiero llevar a casa” cuando apareció en escena. Era evidente que sus kilos de más no le restaban poder seductor al sacerdote de esta noche. La verdad es que no necesita más que parecerse a sí mismo para dejar rendidos a todos sus seguidores y, sin duda se parece a él mismo.
En una entrevista leí que decía que la primera hora de sus conciertos era para calentar, por ello se da el lujo de meter Pictures of You y Lovesong como si fueran cualquier tema en esa primera hora. El orangután que tengo delante intenta colar a su novia mientras me llama subnormal por intentar mantener el equilibrio natural de quienes llegaron temprano, no hay forma, su tamaño y el hecho de que detrás de mi esté otro orangután amigo de él, sumado a que comienzan los acordes de In Between Days, le salvan la vida. Dos horas después caen Wrong Number, Never Enough, Just like heaven, The end of the world y, se siente como si los que están arriba del escenario hubieran tocado juntos por cien años. El bajo de Gallup es implacable y preciso, al final de A Forest lo inyecta en el ambiente mientras su sudor cae como una lluvia; la batería de Jason Cooper está llena de fuerza y sostiene a la del grupo en muchas ocasiones, la guitarra de Porl Thompson es capaz de llenar con un solo riff todo Montjuic y la voz de Mr. Smith (Bobby como le llamó una chica a mi izquierda) no sólo ha crecido en matices y fuerza sino que la complementa con lo que descubrí es el característico sonido del grupo, esos guitarreos llenos de flanger atmosférico. Las cámaras y los móviles no paraban de grabar y flashear, como si la gente creyera el viejo adagio de que una foto puede capturar el alma. Sin embargo, hay almas que son tan etéreas que su fotografía o su video no alcanza ni siquiera para representarlas. Un encore, dos encores, joyitas semi improvisadas como Lovecats, Let´s go to bed y Close to me junto con monstruos como A night like this, Lullaby y Boys don´t cry y la apoteósica Why can´t I be you con su baile incluido y su final de patita levantada: “you´re simply elegant”.
La gente sabía que faltaban dos temas de muchos años atrás y con las que estaban detonando la locura en esta minigira por España, por fin, después de 3 horas, en el tercer encore, Robert dijo: “sólo nos dejan tocar cinco canciones más, así que ahí van”….(flashback 2), son las 8 y 15 y sigo teniendo quince años, cuento cuatro tiempos y mi amigo Alex comienza a rasgar su guitarra, en el cuarto compás entra Orlando con un bajo que marca la pauta y en el octavo entro yo con la batería, es la primera vez que tocamos juntos y la canción elegida para esta primera ocasión se llama 10:15 Saturday night, un momento cúspide de mi adolescencia y que le debo a uno de mis grupos favoritos…Casi la una de la mañana de un lunes por la noche y tiembla Barcelona con los mismos acordes con los que temblé dieciocho antes, pero esta vez con un sonido que llena todos los espacios. No se puede pedir más, no pedimos más, y sin embargo, nos regalan Killing an Arab que termina con una especie de éxtasis colectivo, curioso, esa canción fue la segunda que aprendí a tocar. Hay curas que tardan en llegar y músicas que nunca se olvidan.





Me encantó tu texto.
Realmente me emocionó!
Tengo 18 años hace 5 años que me enganché con The Cure por un tema que tenia mi viejo grabado en un cd mp3: Just Like Heaven.
ay! yo daria lo que sea por ver a The Cure.
Yo vivo en Argentina y como bien ya sabras hace mucho que no vienen.
Supuestamente hubo problemas en el recital que dieron a fines de los 80′.
No sé cual fue el conflicto.
Darìa todo por ver al gordo bailar =)
ay! te envidio
saludos y abrazos!
comentario por Carla — Octubre 17, 2008 @ 1:59 am |
Gracias Carla,
Ojalá tengas la posibilidad de verlos algún día en concierto porque son espectaculares. Un abrazo hasta el sur.
comentario por Tesista — Noviembre 23, 2008 @ 12:53 pm |