
Mayo 6, 2008
Marzo 12, 2008
Febrero 19, 2008
Orgía gastronómica en el Petit Zinc de Annecy
Comer solo puede ser una de las experiencias más tristes, melancólicas y deprimentes, pero algunas veces, sólo algunas veces, puede ser una experiencia alucinante. Llegué a Annecy por la noche después de pasar por Ginebra y un viaje en autobús de 2 horas (son sólo 38 kilómetros entre una ciudad y otra). Dejé las cosas en el hotel y salí a cenar, no había comido nada desde el desayuno y mis tripas, acostumbradas a más acción, me solicitaban ponerse a trabajar. Después de pasear por varios restaurantes cuyo romántico interior evitaría cualquier persona sola, me decidí por uno que se veía tan elegante como casero en una perfecta combinación de estilo y folklore. Ser viajero vegetariano en una zona cuya especialidad son los embutidos puede ser desastroso, lo cual, sumado al hecho de que la Fondue (la otra especialidad de la zona) sólo se servía para dos personas, hacía que la noche pintara mal. Una señora que parecía la abuelita de Heidi (si, ya sé que Heidi no tenía abuelita sino abuelito), me dio la carta y comenzó el festín. Pedí una Velouté de Légumes du marché que decidí combinar con una botella de Vin de Savoie, un Jongieux Gamay para ser más preciso. La sopa no tenía un sabor especialmente único pero una sopa ardiendo en un frío alpino, reanima a cualquiera. Mientras me ponía las botas con mi sopa, noté que a mi lado estaba sentado, solo, un clon de Sarkozy que me hizo preguntarme por qué, habiendo 50% de probabilidades, no me había tocado al lado la clon de Carla Bruni comiendo sola. Seguía con mi sopa cada vez menos caliente y más rica cuando a otro de mis colegas comensales, el de la mesa de enfrente para ser más preciso, le trajeron un pedazo de carne obsceno y jugoso el cual tenía que cortar en fragmentos humanamente comestibles y meter a nadar en un perol (que no es exageración) de queso derretido. Ver el proceso desde la mesa de enfrente era un espectáculo casi voyeourista. Al final de todo, sólo dejó un hueso en el plato, que si no se comió, fue porque no hay estómago en el mundo capaz de comer nada más después que eso (excepto el postre claro está) y la imagen hipnótica de su cara de éxtasis sólo se vio interrumpida por la llegada de mi segundo plato llamado: Petites brochettes de gambas flambées au pastis. El alambre se movía, deprovisto de cubierta que lo protegiera de las miradas lujuriosas y mostrando la desnudez de sus exquisitos camarones. La sopa que terminé hasta el fondo no era ni mucho menos pequeña así que cuando terminé de comer la gente me miraba asombrada y murmuraba cosas sobre mi, o al menos eso me parecía porque, incluso por un momento, pensé que el chico de enfrente comenzaría con una cascada de aplausos para mi actuación, que sin duda lo valía. La libertad de la soledad, crea abismos irresistibles, y comer solo, algunas veces, puede ser una experiencia sunlime. Bon appetit.

Noviembre 25, 2007
Un café a media tarde
Es curioso como, cuando se viaja, se generan pequeñas rutinas hedonísticas. Una que comparto con mucha gente con la que he viajado es la de tomar algo a media tarde, cuando el cansancio de una mañana de caminatas y la soloñencia de una comida típica te invitan simplemente a relajarte de la mano de un café, un té, una cerveza o alguna bebida de procedencia extraña. Muchas veces uno cae, por cansancio, por hastío (o por mal tiempo) en muchos lugares que en el mejor de los casos se olvidan apenas pagar la cuenta y cruzar la puerta de salida. Sin embargo, hay algunos rincones que hacen que una tarde de turismo se convierta en una celebración de los sentidoso la vida. Por el mar de mis olvidos naufragan sobrevivientes imágenes de algunos de esos lugares (restos de tantas tardes que tendrían que ser inolvidables). Cierro los ojos y veo el atardecer del Sunset Café en Panajachel Guatemala, en donde una Gallo se impregnó de los últimos rayos de un sol majestuoso. Casi creo sentir de nuevo el sabor de la tranqulidad en aquellas cafeterías llenas de estudiantes, música y discusiones de todo tipo. Y mientras pienso esto, lo hago sentado en un cómodo sillón, tomando un te con leche y viendo cómo la lluvia cae en un mundo que me sigue maravillando.
Noviembre 23, 2007
El soundtrack del viaje
Antes de que existiera y comenzara a formar parte de la “Generación Ipod”, los viajes estaban cargados de sonidos que surgían a cada paso. Pero más allá de las tonalidades, los matices, los ritmos y las músicas de las que se formaba un viaje, siempre había una “música imaginada”, el soundtrack de un lugar. Lisboa comenzó a tener sentido después de haber escuchado Fado en una taberna de Alfama, en donde la saudade pintaba el ambiente de mar, marineros y nostalgia. Colombia sin su cumbia y su música de papayera (y sin la salsa claro está) no tendría su espíritu. A Guatemala sin marimba (y ahora con música religiosa) le faltaría algo. Cuba sin percusiones o son, ni sabría a ron ni olería a sal. En Grecia sin embargo, la música, que no es una sino muchas, no sólo se escucha, se baila, los hombres la bailan y lo hacen como si estuvieran borrachos, porque lo están, de pasados, de tristeza y hasta de odio; por eso golpean el suelo, por eso se contonean, por eso bailan unidos. Las mujeres sin embargo, bailan seduciendo, hipnotizando, aniquilando a un enemigo que nunca lo fue. La Rebetika es la música de Grecia, su blues, su nostalgia hecho canto.
Octubre 26, 2007
Octubre 11, 2007
Un otoño en Canadá
Los colores ocre y amarillo de las hojas caídas, el sonido que se produce al pisarlas; plash, plash, plash, la desnudez de los árboles que parecen unas figuras de ultratumba cuando su negrura contrasta con el azul del cielo que permanece tranquilo y limpio. El otoño es, quizá por su ausencia durante casi toda mi vida, mi estación favorita. El viento frío que anuncia la llegada del invierno, los últimos rayos de sol que despiden al verano. La luz que se agota, la noche que la posee. El otoño es simple y sencillamente espectacular, pero en Canadá, adquiere una dimensión majestuosa.

Octubre 1, 2007
From Russia with love
(un videito “educativo” que hizo el compadre Cobo de nuestra visita a la madre Rusia)






