Por la carretera

junio 6, 2011

Un país con un nombre de un rio (algunas notas sobre Uruguay)

Archivado en: Crónicas,Historias del viajero,Reflexiones de viaje,Souvenirs — Tesista @ 1:48 pm

Para Roberto, Gaby, Ceci y Laura, todos uruguayos que es un placer conocer.

Hay un recuerdo que tengo de pequeño, los viernes por la tarde mis padres solían poner música y leer en el salón de casa. Mi educación musical comenzó en aquellas tardes. Un día, mi padre puso un disco en el que aparecía el dibujo de mano sobre el diapasón de una guitarra, me llamó mucho la atención la imagen y me quedé leyendo los nombres de las canciones mientras el disco comenzaba a girar y una voz profunda y voluminosa salía de las bocinas. Así conocí a Alfredo Zitarrosa y, si mal no recuerdo, la primera canción que escuché fue Stephanie. Mientras llegaba a Montevideo, recordaba ese primer encuentro con Uruguay, al cruzar precísamente el puente Zitarrosa.

Llegué en el “Patricia Olivia” una mañana brumosa en la que por primera vez crucé el Rio de la Plata, un rio con pretensiones de mar.

Uruguay huele a asado, es así, da igual la calle, el barrio, la zona, siempre hay un rastro de asado flotando en el aire, y yo, que soy vegetariano, me sentí tentado a claudicar en más de una ocasión. Por fortuna, al visitar el mercado de la parte vieja de Montevideo, acababa de comer, de otra forma me hubiera lanzado como un Nanahuatzin cualquiera para obtener un bife de esos inmensos. Tan es así que Uruguay (con)vive con el asado que en los contenedores de basura hay una etiqueta que dice: “prohibido tirar brasas”.

Sería injusto decir que Montevideo me recordó a otras ciudades, Montevideo es varias ciudades en una, la parte vieja: portuaria, decadente y nostálgica; Pocitos, la zona nueva que mira al futuro de frente al mar. Varias ciudades cohabitan la ciudad, la de los inmigrantes, la de los futboleros (me declaro bolsón por solidaridad con Roberto), la de los turistas extraviados, la de los tangueros angustiados, la del candombe y la milonga, la del mate, siempre la del mate.

Montevideo tiene una rambla, equivalente a los malecones mexicanos, inmensa, casi podría recorrerse desde el Rio de la Plata hasta Brasil por ella, hacerla en bicicleta fue una delicia. Al final del recorrido, acabé en el cementerio de Buceo, en silencio frente a una tumba, de esas que parecen ventanas de un edificio, con el número nueve y la inscripción IMM, la tumba de Benedetti. El silencio me invadió y no pude ni siquiera dejar una nota. Tantas palabras que él me dio y yo no pude regresarle ninguna.

Una noche especial, tomando uvita en el Bar Fun Fun y con la compañía perfecta, entendí por qué los uruguayos reclaman a Gardel como suyo, al tango como propio: “nostalgia”, “griselle”, “Naranjo en flor”, “balada para un loco”, “vals para una madre” fueron alternándose entre Patricia y Patricia, entre pizzeta y pizzeta. Al final, todos acabamos medio brasileños.

Y Colonia, siempre la pequeña y linda Colonia, puebito como tantos que hay, que a pesar del turismo y la explotación comercial, siguen guardando alguna sorpresa en forma de Bugambilia, de auto abandonado o de vista de mar, de rio de mar.

En el barco de regreso, venía escuchando en mi cabeza a Drexler, por fin, después de haber estado cerca hace algunos años, crucé el Rio de la Plata, para conocer un país con un nombre de un rio

marzo 25, 2011

“Postales” de dos argentas en tierra de nicas

Dado que hace mucho que no viajo. He abierto el blog para que amigos y amigas viajeros cuenten sus experiencias.

Inicio la sección “invitados” con unas postales recién llegadas de Centroamérica. Carolina, una argentina viajera, nos cuenta sobre su experiencia en Nicaragua junto con una amiga. Disfrutemos y viajemos, aunque sólo sea con la imaginación.

Latinoamericanas

El calor era agobiante en Managua y decidimos descansar un rato en la laguna del Parque Histórico Nacional Loma de Tiscapa cuando conocimos a Pedro, empleado del Ministerio de Medioambiente del parque y nos quedamos hablando de todo un poco. Rápidamente, claro, surgió hablar del Che, era un tema fijo para dos argentinas de paseo por Nicaragua. De pronto Pedro nos ofrece  llevarnos a conocer la plaza del Che en Managua. Fuimos caminando y escuchando sus anécdotas, (tan interesantes como para hacernos olvidar que el calor nos estaba friendo los sesos. Cuando nos cruzamos con dos columnas de jóvenes con banderas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que marchaban hacia un acto proselitista, e iban hablando, cantando, nos saludaban mientras pasábamos. “Esa es nuestra juventud” nos dijo el viejo Pedro, orgulloso. (más…)

diciembre 16, 2010

Sólo dos días en Sarajevo

Archivado en: Crónicas,Fotos,Historias del viajero,Souvenirs,viaje — Tesista @ 8:12 pm

Pasé unos días en Dubrovnik, algo así como el Acapulco de Croacia, una linda ciudad infestada de turistas (incluidos el amigo que me invitó y yo). La ciudad dentro de la muralla es preciosa pero está llena de lugares para comprar souvenirs y sitios caros para comer. Un buen lugar para pasar unos días, que hasta resulta romántico, pero que no deja huella en los viajeros poco acostumbrados a ser y hacer de turistas. Lo interesante vino después, cuando decidimos coger un autobús y viajar cinco horas para conocer Sarajevo.
El camino es uno de los más bellos que haya hecho por carretera, va bordeando las montañas y corre paralelo a uno de los afluentes del río Sava que se adentra en el Adriático. Justo cuando la línea entre lo que es mar y lo que es río comienza a desdibujarse, pueden verse líneas y líneas de cultivos de ostras, formando múltiples heridas del desarrollo en la piel del agua.
Cruzar fronteras recientes, países nuevos, siempre resulta un buen recordatorio de la fragilidad de nuestra existencia “balcánica”. Casi llegando a Sarajevo comienzan a verse los cementerios. Uno me llamó la atención, entre dos invernaderos que producían verduras y legumbres, había un cementerio. Llevando la idea de los ciclos de la vida hasta el paroxismo más irónico. Sarajevo es, a pesar de su energía vibrante y su vida, una ciudad de cementerios, hay casi uno por barrio, para que los vecinos no tengan miedo de descansar lejos de los suyos, de los que quedaron. Para que los que quedaron sientan que los suyos no se han ido.
La destrucción-reconstrucción es parte del panorama de la ciudad y las grúas se alían con las demoledoras para ocultar la historia reciente. De esa manera, pueden verse escenas que rompen cualquier lógica y que hablan de la decisión de las personas, la decisión de vivir. Por ejemplo, cerca de la estación de autobuses, vi a un par de chicos, vestidos a la última moda deportiva, en un blanco impoluto, jugando tenis debajo de los restos de un edificio derruido. Los agujeros de bala y metralla son la marca de la memoria en casi todos los edificios, al menos los que se mantienen en pie. Los pequeños orificios que nos cuentan la historia, que solemos leer en libros, en metal, odio y sangre.
Por las calles se pueden ver gitanos que poco recuerdan a los de kusturica; no son ni tan entrañables ni tan felices. Lo que más llama la atención de Sarajevo es la multiculturalidad real y el delicado balance que parece permear a la sociedad. Campanas y minaretes llaman a misa y a la oración en un perfecto diálogo, una perfecta metáfora sonora de lo que sucede por las calles. En el barrio del centro conviven “zocos” que recuerdan a Turquía con bares y restaurantes como los que se pueden ver en cualquier capital europea. El alcohol y el té conviven como grandes complementos y la comida representa una fusión por demás interesante. Un capítulo aparte merece la vida nocturna. Estuvimos un buen rato en un lugar llamado Cheers escuchando a un muy buen grupo de rock haciendo covers. El guitarrista líder del grupo era una celebridad local, se notaba que el grupo tocaba para él, el bajista mientras tanto, miraba a la guapa cantante con ojos de amor, sonriéndole tiernamente. El tecladista se metía en su papel y el otro guitarrista se preocupaba tanto por los acordes como por las cervezas. La gente (el lugar estaba lleno) parecía sacada directamente de los 90s y era como si quisieran recuperar el tiempo perdido.
Estuve apenas un par de días, pero tengo que volver, ver menos cementerios y más vida. Me quedé fascinado con esta ciudad que ha sobrevivido a su propia historia.

noviembre 15, 2010

Breves notas sobre un regreso a Colombia

Hay una canción, del grupo Choc Quib Town, que dice: “De donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos. Vengo yo. De tanto luchar siempre con la nuestra nos salimos” que podría resumir bien la situación en América Latina. Acabo de regresar de Colombia que, en mi imaginario personal, siempre ha sido como un paraíso al cual regresar, un Macondo, una tierra chévere. Esta es la tercera vez que estoy por allá y tengo una resaca de sensaciones (guayabo dirían por allá) que ni siquiera puedo articular. La energía de nuestros países es difícilmente comparable o narrable.
Desde que estaba en la sala para abordar el avión de Avianca ya se apreciaba la picaresca con una fila de maletas representando a las personas que estaban cómodamente sentadas, Latour habría estado orgulloso del espectáculo hasta que, por supuesto, comenzaron los problemas y roces debidos en parte a las 3 horas de retraso que tenía el vuelo. La agencia siempre parece caer del lado humano.
La llegada a un país latinoamericano siempre representa un enfentamiento directo con el caos donde, mágicamente, todo es posible en su imposibilidad. El nihilismo en el tránsito resulta un ejemplo paradigmático. Cualquier punto de la calle se convierte en una parada de autobús sólo por el hecho de tener a alguien esperándolo. Las líneas y avisos de tráfico parecen más una invitación al barroquismo en la circulación que una forma de aportar una sintaxis y un orden. Llegué apenas un par de días después de Halloween y ya comenzaban los preparativos para la navidad. Se concatenan fiestas para nunca vivir en la triste y dura rutina diaria. Vi un par de calaveras y arreglos en un conjunto habitacional de clase alta. Con sus cercas valladas y electrificadas, sus porteros sus cámaras de seguridad, formaban un triste diálogo de miedos imaginados pero presentes.
Mi Macondo, mi Medallo, la ciudad en la que he pasado más tiempo, no me reconoció y quizá yo tampoco la reconocí a ella. Las ciudades, como las personas, nunca son las mismas y aunque queramos imponer el recuerdo sobre la realidad, reclamarles que sus rincones tienen que ser iguales a los que soñamos, los cielos los mismos y las situaciones vividas fieles reproducciones de los recuerdos, nunca es así, ni las ciudades son las mismas, ni las personas son las mismas, ni yo soy el mismo.
Aun así, a pesar de las conducciones irresponsables, a pesar de ver la vida perdida que se convertía en un espectáculo improvisado para los aburridos y cansados usuarios del transporte público en medio de un trafico espeluznante,  aunque la contaminación estuviera masacrando pulmones, las personas sonreían, ofrecían un tintico, un juguito, una arepita. Hay tantas cosas que podría escribir de Colombia, esa tierra que ve en México el espejo de su pasado, con pena, con pesadumbrez, con solidaridad. Mi ánimo está gris como el cielo de Bogotá pero, como la ciudad, quizá algún día adquiera el color de sus frutas, de sus casas, de sus sonrisas. Ya se sabe, de donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos….

agosto 29, 2009

Esperando a las olas

Archivado en: Fotos,México,Souvenirs — Tesista @ 9:36 am

(en alguna playa del pacífico mexicano)

A la espera de las olas

La bondad de los extraños

Archivado en: Historias del viajero,Reflexiones de viaje,Souvenirs — Tesista @ 9:29 am

Estoy leyendo el libro The Kindness of Strangers, editado por Lonely Planet (no confundir con otro libro del mismo nombre sobre Nueva Orleans y el desasrte del Katrina). Debo reconocerme fiel usuario de sus guías de viaje. Sin embargo, también editan otros libros que, a veces, resultan interesantes. Este me llamó la atención porque son pequeñas historias de viaje en las que una, o varias, personas, todas desconocidas, “ayudan” al viajero o viajera. ¿Cómo? En cosas tan pequeñas pero importantes como mostrarle el camino de regreso al campamento a una de ellas después de perderse en el desierto o llevarle un plato de sopa a otra que estaba enferma.
Yo tengo alguna de esas historias pero, quizá la que más recuerdo, por la rareza y verdadera  generosidad desinteresada, es aquella en Andalucía. Regresábamos de Marruecos, habíamos estado viajando un par de semanas con apenas dinero y cruzábamos de regreso el estrecho (cruce que, por sí solo, merece otro post). Al intentar sacar dinero del banco nos dimos cuenta que habíamos gastado más de lo que pensábamos y que no nos alcanzaba para los boletos de autobús, de Algeciras a Barcelona. Llegamos a la estación de autobuses y un señor, simpático y con el acento “andalú” más marcado que haya escuchado jamás, nos atendió amablemente. Le explicamos la situación y le pedimos dos billetes hasta donde nos alcanzara. Nos miró con una mezcla de ternura y admiración y nos dijo: “miren, les venderé dos billetes hasta Barcelona a precio de personas mayores, así que, si les preguntan, tienen más de 60 años”. Nos miramos sorprendidos y, agradeciéndole efusivamente, bromeamos sobre nuestra nueva edad. Cuando nos dio los boletos dijo: “un momento ¿qué van a comer?”. El viaje era más o menos de unas 15 horas y bien es cierto que algo de comida no nos sobraría. “No se preocupe, haremos dieta” respondimos, siguiendo el tono jocoso. “Esperen aquí un momento” dijo, y salió del mostrador y de la taquilla. Era un hombre bajito, con una barriga que combinaba muy bien con su sonrisa. Nos miramos extrañados preguntándonos qué pasaría a continuación. El hombre regresó con dos bocadillos gigantes y dos refrescos en lata: “tomen, para que coman algo”. No sólo nos rebajó los boletos arriesgándose a una reprimenda, nos compró comida de su propio bolsillo y, por si fuera poco, nos llevó hasta la puerta del autobús para asegurarse que el conductor, al ver nuestros billetes, nos dejara subir. Casi abrazamos al buen hombre, al despedirnos, le dijimos que le enviaríamos una postal desde Barcelona “¿cómo se llama usted?”, le preguntamos. “Sanjuán” nos respondió y, pensándolo, le quedaba tan bien el apellido como la barriga y la sonrisa. Llegando a Barcelona, le enviamos una postal agradeciéndole haber terminado nuestro viaje con esa anécdota.

agosto 24, 2009

Djemaa el Fna

Archivado en: Marruecos,Souvenirs,Visiones — Tesista @ 7:37 pm

La plaza Djemaa el Fna podría ser una de las más comunes y corrientes del mundo. Su arquitectura no es especialmente bonita y, si se le viera desierta, podría decirse casi sin consideración que es bastante fea; pero la plaza Djema El Fna no está vacía nunca y es simplemente maravillosa.

Pocos lugares conozco que tengan tanta vida, que reten tanto al espíritu y que sean capaces de cortar la respiración con su inagotable riqueza de sentidos. De los encantadores de serpientes a los saltimbanquis, de las mujeres que, armadas de jeringas con henna persiguen a otras mujeres para dibujarles con precisión quirúrgica figuras que hacen pensar en Sherezadas. Desde sus sus decenas de pequeñas carretas reconvertidas en fuentes constantes de jugo de naranja y toronja hasta sus catálogos completos de frutos secos. Con sus puestos nocturnos que iluminan la noche y cuyo olor, a especias y a carne, parece llegar al otro lado del Sahara. Una plaza llena de gente, de vida de gente, de gente con vida.

La noche marroquí

mayo 6, 2008

Dante en Verona

Archivado en: Fotos,Italia — Tesista @ 7:42 am

marzo 12, 2008

The Cure en Barcelona

Archivado en: Barcelona,Crónicas,Música — Tesista @ 6:04 pm

Faltan diez minutos para las seis, he estado trabajando todo el día con el nerviosismo y la sensación que se tiene en los grandes días….(flashback 1) Faltan quince minutos para las ocho y tengo quince años. Hoy, por primera vez, toco con mi grupo frente a un público, hemos ensayado todo el verano y estamos listos, con la alegría y tensión de los grandes días. Aunque el repertorio que preparamos tiene un poco de todo lo que se puede esperar de un repertorio de un grupo de quinceañeros en la provincia mexicana, una de las canciones que tocaremos, la que hemos ensayado más por haber sido la primera que montamos, es un raro himno post punk de un grupo británico que nos ha influido enormemente, a nosotros y a todos los que hacían música en esa época (y en muchas otras)…. (más…)

febrero 19, 2008

Orgía gastronómica en el Petit Zinc de Annecy

Archivado en: Fotos,Francia,Gastronomias — Tesista @ 8:41 pm

Comer solo puede ser una de las experiencias más tristes, melancólicas y deprimentes, pero algunas veces, sólo algunas veces, puede ser una experiencia alucinante. Llegué a Annecy por la noche después de pasar por Ginebra y un viaje en autobús de 2 horas (son sólo 38 kilómetros entre una ciudad y otra). Dejé las cosas en el hotel y salí a cenar, no había comido nada desde el desayuno y mis tripas, acostumbradas a más acción, me solicitaban ponerse a trabajar. Después de pasear por varios restaurantes cuyo romántico interior evitaría cualquier persona sola, me decidí por uno que se veía tan elegante como casero en una perfecta combinación de estilo y folklore. Ser viajero vegetariano en una zona cuya especialidad son los embutidos puede ser desastroso, lo cual, sumado al hecho de que la Fondue (la otra especialidad de la zona) sólo se servía para dos personas, hacía que la noche pintara mal. Una señora que parecía la abuelita de Heidi (si, ya sé que Heidi no tenía abuelita sino abuelito), me dio la carta y comenzó el festín. Pedí una Velouté de Légumes du marché que decidí combinar con una botella de Vin de Savoie, un Jongieux Gamay para ser más preciso. La sopa no tenía un sabor especialmente único pero una sopa ardiendo en un frío alpino, reanima a cualquiera. Mientras me ponía las botas con mi sopa, noté que a mi lado estaba sentado, solo, un clon de Sarkozy que me hizo preguntarme por qué, habiendo 50% de probabilidades, no me había tocado al lado la clon de Carla Bruni comiendo sola. Seguía con mi sopa cada vez menos caliente y más rica cuando a otro de mis colegas comensales, el de la mesa de enfrente para ser más preciso, le trajeron un pedazo de carne obsceno y jugoso el cual tenía que cortar en fragmentos humanamente comestibles y meter a nadar en un perol (que no es exageración) de queso derretido. Ver el proceso desde la mesa de enfrente era un espectáculo casi voyeourista. Al final de todo, sólo dejó un hueso en el plato, que si no se comió, fue porque no hay estómago en el mundo capaz de comer nada más después que eso (excepto el postre claro está) y la imagen hipnótica de su cara de éxtasis sólo se vio interrumpida por la llegada de mi segundo plato llamado: Petites brochettes de gambas flambées au pastis. El alambre se movía, deprovisto de cubierta que lo protegiera de las miradas lujuriosas y mostrando la desnudez de sus exquisitos camarones. La sopa que terminé hasta el fondo no era ni mucho menos pequeña así que cuando terminé de comer la gente me miraba asombrada y murmuraba cosas sobre mi, o al menos eso me parecía porque, incluso por un momento, pensé que el chico de enfrente comenzaría con una cascada de aplausos para mi actuación, que sin duda lo valía. La libertad de la soledad, crea abismos irresistibles,  y comer solo, algunas veces, puede ser una experiencia sunlime. Bon appetit.

 

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